 Catholic Diocese of Spokane, Washington
De Parte del Obispo
"La Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros"
por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad
(Del edición 16 diciembre 2004 del Inland Register)
Un niño recién nacido en una muchedumbre de personas es una fuente instantanea de gran aprecio y maravilla. La
atracción de un bebé en la cuna es poderosa. Mire cualquiera de nuestras cunas, que se ponen en las iglesias durante
Navidad. La gente se congrega alrededor de ellas. Los niños pequeños son rápidos en medir la situación y aprecian lo que la
escena del pesebre simboliza.
Esa primera Navidad fue de hecho un momento profundo y espectacular en la historia de la humanidad. Como San Juan
nos lo recuerda al principio de su Evangelio, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Los eventos que rodean la
noche de Navidad fueron muy humildes y muy humanos. El establo, María y José, los pastores, la estrella: todo nos habla de
este momento único en historia de la humanidad cuando, por la primera vez, Dios asumió nuestra carne humana, para habitar
entre nosotros.
El pueblo mismo, localizado sólo a las afueras de Jerusalén, ha llegado a ser gran lugar de peregrinación, aunque
en los años recientes ese lugar de homenaje ha ha sido un lugar de hondas disputas y tensión entre los pueblos. ¡Cuán
contradictorio a la venida del Salvador Infantil y el lugar de su nacimiento! Sí, éso es cómo hoy, y así fue al tiempo del
nacimiento de Jesús.
La imaginación de los profetas, sobre todo en Isaías, que nos hablan de una espera llena de promesas, una visión de
la presencia del Dios de salvación: “Las pueblos que caminan en las tinieblas han visto una gran luz; Sobre aquellos que
habitan en tierra de oscuridad una gran luz ha brillado. porque un niño ha nacido entre nosotros. Su dominio es inmenso y
trae la paz para siempre.”
Sí, había oscuridad entonces, y la hay hoy, todavía el mensaje está vivo para nosotros, quizás igual o más que
antes. En la historia de la humanidad hemos llegado a un momento único de oportunidades y de relaciones. Lo que pasó en
Belén también se juega en cada corazón humano. En sus enseñanzas más tarde, el Salvador Infantil, diría rápidamente al
mundo que cualquier cosa que hagamos al más pequeño de entre nosotros se lo hacemos a él. Si es posible, que vamos a Belén
en peregrinación para honrarlo. Vamos a nuestras escenas del pesebre buscándolo, una y otra vez, como nuestro más humilde y
amoroso Dios. ¿Y no deberíamos ir a él en cada ser humano en la tierra, para hacer su mensaje de salvación vibrante y vivo
en nuestros días? Nuestra respuesta sería más creíble y genuina, sobre el amor del Salvador por toda la humanidad. Tal es
su deseo. Tal es su orden.
Sí, la Palabra se hizo carne. En la Eucaristía celebramos una otra vez la transformación maravillosa del pan y el
vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Nos nutrimos y alimentamos con este Pan de Vida: así tan real, pero todavía con el
veló del misterio del sacramento. Según la tradición, en su nacimiento el infante fue puesto en un pesebre – una caja para
alimentar animales. De hecho, la humanidad ha mirado esa imaginación y se ha alimentado con su vista.
Venimos a la mesa del Señor, y nos alimentamos. Quien que piensa que él o ella no necesita compartir de este
Sagrado Banquete debe recordar las palabras de Jesús en el capítulo sexto del Evangelio de San Juan. Necesitamos volver a
visitar esa lectura una y otra vez para ver cuan maravillosa y poderosamente el Salvador se ha hecho disponible a toda la
humanidad, ver su profundo deseo de estar con todos nosotros. La intimidad de Jesús con cada uno de nosotros es difícil de
imaginar y ser totalmente apreciada. La escena de Belén, de Jesús hecho carne, se reproduce una y otra vez en nuestras
vidas, cuando le recibimos y respondemos en amor y gratitud.
Por ser quienes somos, por la manera que damos testimonio de ello, por la manera que vivimos nuestras vidas,
hacemos presente a Jesús Salvador en nuestro mundo. En su Sermón de la Montaña, Jesús nos llama ser luz al mundo y sal de
la tierra. Jesús nos pide tomar su luz – entrar en y cada uno de nosotros. Lo mismo que María dijo “sí” a las palabras de
invitación del ángel, y la Palabra se hizó carne en ella, así también en nuestro incondicional “sí “ a Jesús unicamente,
nos ayuda cada uno de nosotros a dar testimonio de su presencia en nuestra persona, en nuestro diario vivir. Nosotros
también podemos ayudar a que Jesús “venga” al mundo en el 2004. Cualquier Oscuridad que pueda haber aquí y ahora, una luz
puede brillar, y la oscuridad no la superará. Siempre en el propio tiempo, el tiempo de Dios, se cumplirá la promesa de
Dios.
Que la luz brille entre todos nosotros en esta Navidad. Necesitamos tanto la presencia salvadora de Jesús aquí y
ahora más que nunca, ambos para nosotros personalmente y para la familia humana.
¡Extiendo a todos y a cada uno de ustedes, aquellos que aman mis mejores deseos y mis oraciones para que tengan una
Bendita y Felíz Navidad!
- Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP
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