Catholic Diocese of Spokane, Washington


De Parte del Obispo

"Pecado y perdón"


por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad

(Del edición 22 mayo 2003 del Inland Register)

Perdón y curación, son los dos elementos, que proporcionan una base importante para ayudar a aquellos que han sido dañados por el pecado, para que vuelvan a ser íntegros de nuevo – e incluso llegar a ser santos. Demos una mirada a Jesús en su ministerio público: cómo tocó a personas tan profundamente, con misericordia, con perdón, dándoles esperanza de una vida nueva. Desplegó una sensibilidad compasiva para aquellos que habían caído. En San Juan, 8 oímos la historia de la mujer acusada de adulterio. Jesús la alienta a vivir ahora una vida nueva, nos damos cuenta de su calidez y de su apoyo.

La mujer Samaritana junto al pozo (San Juan, 4); Saqueo (Lucas, 19); Pedro, Mateo (igual que Saqueo, un cobrador de impuestos); el buen ladrón en la cruz, Tomás; estos son sólo algunos de los ejemplos de cómo Jesús llegó a las personas, cómo los apoyó cuando enfrentaron la sombra de sus vidas, y entonces los ayudó volverse más íntegros. Escogió a Pedro – Pedro, con toda de su debilidad y humanidad – para ser la cabeza de la Iglesia. Quizás es por eso, que nos identificamos tan fácilmente con este Apóstol.

Además de las historias de los Evangelios, podemos mirar la vida de algunos de los grandes santos de la Iglesia. Nuestra historia nos da ejemplos desde los primeros tiempos: De hombres jóvenes como; Pablo, Agustín, y Francisco de Asís que vivieron una vida bien ajetreada, pero después de una conversión profunda de corazón, siguieron adelante hasta llegar a vivir una gran santidad. Podemos ver ejemplos similares, en nuestro propio tiempo, el poderoso movimiento del Espíritu Santo, el poder de la gracia, el poder de la conversión de corazón. En sus días de juventud, Dorothy Day, fue testigo de una vida desordenada. Aún así, la gracia de Dios trabajó en ella, se centró en una misión y reflejó notablemente en ella la vida de Jesús. Algún día puede ser que ella sea unida, a quienes la Iglesia formalmente declara santos.

Las personas caídas. Deben vivir con sus propias limitaciones, su propio pecado. Hoy Es muy común, que cuando vemos a pecadores, limitaciones, nos volvemos duros, aún les ponemos muy bajo, a aquellos que de alguna manera han fallado. No hace muchas décadas, nos acercamos al alcoholismo como sintomático de una debilidad terrible. Finalmente, con precisión observamos que esa es una enfermedad, una vida condicionada continuamente, con la cual una persona debe vivir y trabajar. El término de “alcohólico recobrado” tiene un largo tiempo desde que entró en desuso. Ahora nosotros con más precisión hablamos de un “alcohólico en recuperación,” alguien que toma un día a la vez, humilde viviente con la enfermedad, que requiere del apoyo de la familia y de sus amigos para mantener su sobriedad. Análogamente, hay otras compulsiones, aficiones, y limitaciones que afligen al espíritu humano y con los que debemos trabajar.

En las historias del ministerio público de Jesús oímos sobre los leprosos, condenados al ostracismo por la sociedad de esos días. Ahora sabemos que su condición es una enfermedad, la enfermedad de Hansen, condición médica que es tratable. En esos días, los leprosos sobrevivían, para vivir en los botaderos de basura y la mendicación. No se les permitió entrar en los pueblos. Jesús oyó su lamento, y los sanó. En su reino cada ser humano es digno de amor y compasión.

Hoy, nuestra sociedad ha creado también “leprosos” que se condenan al ostracismo y para quienes hay muy poca o ninguna compasión. Para hacer las cosas peor, hay algunos que consagran sus o las energías de su organización, para derribar, para empequeñecer, y diabolizar a otros. Tal espíritu y enfoque son totalmente contrarios al Espíritu del Evangelio y son ciertamente contrarios a la llamada de Jesús a; amar, apoyar, y levantarnos los unos a los otros como buen prójimo. El perdón y la compasión son parte integrante del mensaje de Jesús, y también deben ser parte central a la vida de la Iglesia.

Muy a menudo personas idealizan la Iglesia o personas dentro de la Iglesia, esperan que ambos sean perfectos. No lo son.

Todos nosotros tenemos que esforzarnos por alcanzar la perfección, pero la realidad es que somos también humanos. Desde el Santo Padre hasta el último cristiano, participamos / celebramos el sacramento de la reconciliación con nuestro confesor. Podemos ver la destreza y profundidad real de nuestra espiritualidad por la forma en que tratamos nuestra propia humanidad y la humanidad de los demás, de modo que todos crecemos en nuestra jornada espiritual. Ésta es una tarea de toda la vida. La negatividad sólo nos vuelve destructivos y nos debilita.

No hay ninguna afirmación más cierta de que las conductas humanas pueden causar un daño terrible, a uno mismo y a los demás. Por eso es que la Iglesia, hoy día, está buscando dar una respuesta a las víctimas de las situaciones de abuso sexual. Personas han sido dañadas. Trataremos, con la mejor de nuestras posibilidades, hacer lo que es correcto y justo. Por otro lado, somos comunidad de fe que debe reflejar el Espíritu de Jesús - un espíritu de Perdón y Curación. Debemos comprometernos a ayudar, a que todo el mundo se vuelva espiritualmente más saludable e íntegro, tanto como sea posible.

La mayor parte de todo, en este compromiso, es que debemos vernos a nosotros mismos y la Iglesia como un instrumento de la presencia curativa de Jesús. La celebración de sacramentos y el compromiso en la comunidad, son vitales en este esfuerzo. Nosotros no lo hacemos porque vemos perfección en nuestro medio, sino porque ésta es la manera de Jesús, que nos llama a la conversión del corazón. Nos llama a la misión de crecer en santidad, en amor al Señor, en amor a nosotros mismos y a los demás.

Que Dios nos dé a todos la voluntad, la sabiduría, y el valor seguir fielmente ese llamado.

Mucha paz y alegría para todos ustedes.

- Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP


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