De Parte del Obispo

"Tiempo de gracia"


por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad

(Del edición 11 abril 2002 del Inland Register)

En un total, de casi 42 años de mi ministerio sacerdotal, la Iglesia católica de los Estados Unidos nunca había experimentado la publicidad y la crítica que ha enfrentado en las semanas recién pasadas. Ahora ya conocemos las noticias muy bien: el dolor de víctimas de los abusos sexuales, las acusaciones encubiertas, la falta de transparencia, la pérdida de confianza, y falta de confianza en la institución y en algunos de sus líderes. Éstos son hechos muy serios, y debemos enfrentarlos con una preocupación pastoral muy profunda, con justicia, y con humilde honestidad. Me gustaría sugerirles, sin embargo, que aunque éste sea un tiempo de gran dolor para todos nosotros, también podemos convertirlo en tiempo de mucha gracia, de conversión y de crecimiento, para todos nosotros como iglesia.

Primero y ante todo, debemos ser una Iglesia pastoral, profundamente comprometida en el cuidado y la seguridad de toda de nuestra gente, especialmente de nuestros niños y nuestros jóvenes. Ahora al seguir aprendiendo de nuestra propia historia, espero que seamos mucho más sensible con ciertas actitudes, banderas rojas que indican el peligro potencial de un abuso. Todos nosotros necesitamos estar atentos y en vela en éstas situaciones. El pueblo tiene todo el derecho a esperar seguridad y confianza en esta materia, sobre todo de los ministros de la Iglesia. Una profunda alienación y enojo son el resultado cuando se rompe esta confianza. Esa alienación y ese enojo, tiene un impacto muy real en todos nosotros.

Hoy tenemos mucho más conocimiento de cómo los abusadores usarán "grooming", actividad de atención excesiva y especial, para coger a sus víctimas, estarán dispuestos a invertir meses para construir una amistad con las potenciales víctimas, encontrando consuelo y afirmación, sólo para ser terriblemente violadas, cuando se produzca el abuso real. En nuestra propia política diocesana, la que hemos tenido en existencia desde 1989, somos muy específicos sobre los tipos de conducta que son impropios y que están cargados de peligro:

  • Toques y abrazos que no son aceptados o que hacen sentir incómodo al individuo de acuerdo a su edad y sexo;
  • Idioma y comunicación no-verbal que sea sugestivo, rebajando o controlando a otra persona; separando a alguna persona, sobre todo niños, para una atención personal especial o con regalos personales;
  • Llevar jóvenes en viajes personales o vacaciones sin otros adultos o apoderado/da apropiadas;
  • La apariencia o la realidad de ocultar o pedir al o los individuo/s ocultar el hecho y naturaleza de una relación interpersonal.

Es sumamente importante que una parte significativa de nuestro cuidado pastoral también se deba consagrar a las víctimas. Si un funcionario del ministerio diócesano se ha convertido en un abusador, entonces inmediatamente debemos ofrecer un consejero a la/s víctima/s. Ninguno de nosotros sabe verdaderamente lo que esa experiencia ha sido a no ser que la hayamos tenido directamente. Una honda compasión y paciencia son muy necesarias en todos aquellos que estamos en posiciones de responsabilidad y con la posibilidad de llegar a muchos. La opinion pública puede tener la idea de que la Iglesia no se preocupa de las necesidades de los abusados.

Permítanme darles mi certeza personal, de que nada podría estar más lejos de la verdad. Nuestros niños son preciosos e irreemplazables. Ellos son regalos de Dios, para alimentarlos, amarlos, acariciarlos, y protegerlos.

Éstos son días difíciles para la Iglesia católica, y aún así debemos acercarnos a esta situación con un sentido de humildad, honestidad y transparencia. Algunos han sugerido que los medios de comunicación tienen la culpa por la presente situación. Al contrario, nosotros en la Iglesia no tenemos nada que esconder cuando hacemos nuestro ministerio con integridad y honestidad. Este tiempo debería ser, en verdad, un tiempo de gracia para la Iglesia cuando miramos hacia el futuro. Necesitamos estar seguros como podemos preparar mejor nuestros ministros para que hagan su ministerio en la Iglesia con integridad y honestidad. Ciertamente una de las razones por la que ha habido reacción pública tan fuerte, a las noticias que informan de los sacerdotes que han abusado, es la altísima confianza pública en el papel sagrado del sacerdote. Esto sin negar que todo el mundo tiene derecho a esa confianza.

La Iglesia católica también debe estar adherida a las leyes civiles del estado, en la diócesis en la que opera. Por ejemplo, en el Estado de Washington cualquier abuso de un menor debe ser informado a las autoridades civiles. Siempre hemos hecho esto, desde que me nombraron Obispo de Spokane en 1989. En esas situaciones donde la situación de limitaciones ha expirado, instamos a las víctimas a buscar personalmente consejo legal ya que sabemos que las víctimas no pueden esperar una acción agresiva por parte de autoridades civiles. Por más de 10 años hemos tenido un comité del abuso sexual el que consta de un abogado, una enfermera pediatra, un psicólogo, y dos sacerdotes que me asisten en atender a la responsabilidad con respecto a estas situaciones.

Desde mi retorno a la diócesis en 1989, ningún sacerdote que haya abusado a un menor se ha puesto en ministerio activo. Desde Noviembre de 1992, los Conferencia Católica de Obispos de los Estados Unidos ha tenido cinco principios, en las cuales se guían las políticas diocesanas:

  • Responder prontamente a toda queja de abuso donde hay creencia razonable que el abuso ha ocurrido.
  • Si tal queja esta apoyada por evidencia suficiente, sacar prontamente al ofensor de sus deberes ministeriales y referirlo para una evaluación médica apropiada e intervención.
  • Cumplir con las obligaciones de derecho civil con respecto a informar el incidente y cooperar con la investigación. (Por las dudas, las leyes y obligaciones legales específicas varían de estado a estado.)
  • Llegar hasta las víctimas y sus familias, comunicarles el sincero compromiso con su salud espiritual y emocional.
  • Dentro de los límites de respeto por la privacidad de todos los individuos comprometidos, tratar tan abiertamente como sea posible con los miembros de la comunidad. Estas guías nacionales las tenemos integradas en nuestra política diócesana. Estoy seguro de que el trabajo de los obispos en su reunión nacional en Dallas de Junio que viene, se discutirá si estos principios son suficientes. En todo caso, espero que estos momentos de dolor en nuestra Iglesia nos ayudarán a ser mucho más sensibles a la gravedad del problema y tratar lo más efectivamente posible lo que ha habido en el pasado. Sobre todo nosotros, como la Iglesia católica, que debemos dar el ejemplo con respecto a estas materias. En este Tiempo de Pascua, estoy muy conciente de que hay víctimas, que han llevado estas heridas de abuso, pero que han integrado esta dolorosa experiencia en sus vidas. A usted que escogío quedarse en el anónimato, en el nombre de la Iglesia, les ofrezco mis disculpas más sinceras y les pido perdón. Les aseguro mis oraciones diarias.

    Finalmente, pido sus oraciones por las víctimas de abusos. Ellas requieren de nuestro apoyo, amor, y comprensión. Quizás esa actitud de parte nuestra pueda contribuir al proceso de sanación en sus vidas. Aunque pudiera ser muy duro para algunos, necesitamos orar por los abusadores también. Hemos aprendido tristemente, que más de la mitad de los abusadores han sido abusados cuando jóvenes, ellos mismos han sido víctimas. Si miramos a las familias, en las escuelas, en los grupos juveniles, o en el ministerio de la iglesia, todos debemos ser prudentes y sabiamente dar lo mejor de nosotros para romper el ciclo de abuso. Que Dios nos conceda sabiduría en el futuro, para hacer lo qué es recto y justo cuando continuamos esforzándonos por alcanzar una mejor santidad de vida y tomar responsabilidad de los unos para con los otros.

    Que Dios les dé paz.

    - Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP

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