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"Los Dos Grandes Mandamientos"por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad (Del edición 4 octubre 2001 del Inland Register)
El impacto — humano, económico, y político — ha sido sin precedentes en la historia de nuestra nación. Inmediatamente, como nunca antes, un sentido de solidaridad ha capturado a todo el país. Numerosas historias de cuidado y de generosidad han salido a luz de esta tragedia, y han llegado a ser parte de nuestra propia historia. Aunque periódicamente aparecen algunos incidentes negativos, la respuesta positiva ha ido abrumadoramente más lejos, como las personas han mostrado un espíritu magnánimo que nos inspira, mientras nos hace profundamente humildes. Inmediatamente, las historias de fe han aparecido. ¿Quién puede olvidar la foto del Padre Judge, un franciscano que fue capellán del Departamento de Incendios de la ciudad de Nueva York, cuando los bomberos sacaban su cuerpo y lo llevaban lejos de la escena del desastre? Fue muerto por la caída de las ruínas, cuando celebraba el sacramento de los enfermos a una de las víctimas. Personas de todos los grupos de fe se reunieron en sus iglesias, sinagogas, y mezquitas para hacer oración y apoyarse mutuamente. Intuitivamente, pareciera, que la comunidad de fe se vuelven extremadamente importante cuando enfrentamos desastres en el momento presente y en la incertidumbre del futuro. Quizás más que nunca podemos apreciar que vivimos nuestra vida de fe juntos en nuestro caminar por la tierra. Los dos grandes mandamientos de Jesús, primero que nada, nos llama a amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, y con todas nuestras fuerzas. Las tragedias rápidamente nos traen a la realidad plena de la vida. Pero, como un amigo obispo me decía cuando estábamos en el camino a casa desde Washington D.C., el elevado sentido de oración y de fervor pasará probablemente muy rápido. A mí no me gusta pensar que esto es verdad. Por otro lado, constantemente necesitamos examinar nuestras vidas para ver cómo está nuestro compromiso con Dios, con nuestra comunidad de la fe, y en nuestra vida día a día, testimonio práctico de nuestra fe. Agradezco la bondad de aquellos que generosa y fielmente participan en vida de la Iglesia, de manera que cuando las cosas malas pasan, nuestra Iglesia y comunidades de la fe se conviertan en faros de luz y guía durante este tiempo de oscuridad. Para todos nosotros, el desafío continúa, ser fieles a la presencia de Dios y amarlo como Jesús nos dice. Nosotros, no sólo somos oyentes de la Palabra, sino que también debemos hacerla realidad. La segunda parte de los dos grandes mandamientos es que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos. Presumiendo que nos amamos a nosotros mismos, debemos amar al prójimo, y ser prójimo. El pueblo tiene un gran sentido de solidaridad en las tragedias. Con la capacidad de los medios modernos de comunicación, nos damos cuenta inmediatamente de los trágicos acontecimientos que están sucediendo al otro lado del globo. Es fácil sentir compasión y ser generoso por aquellas víctimas en tales eventos. Pero las relaciones continuadas con la comunidad mundial también son de extrema importancia. Ya no podemos como nación señalar políticas y actitudes, separados del mundo o de pueblos que no estén de acuerdo con nosotros. Nosotros ya no podemos olvidar, de aquellos pueblos que simplemente no están en los intereses inmediatos de los EE.UU. Espero que hayamos aprendido que este tipo de retórica necesita cesar. Cada persona en este mundo debe ser una preocupación para nosotros. En el Documento Pastoral sobre la Constitución de la Iglesia en el Mundo Moderno del Concilio Vaticano II, empieza con este profundo mensaje: “Las esperanzas y las alegrías, las penas y las ansiedades de las personas de nuestro tiempo, sobre todo de aquellos que son pobres o afligidos de cualquier forma, éstas son las alegrías y las esperanza, las penas y las ansiedades de los seguidores de Cristo.” En el reino de Jesús, estamos todos profundamente unidos como familia humana. Si hay una cosa que este terrible desastre en nuestro país nos ha señalado, es que, algunas personas en nuestro mundo, tienen un odio terrible hacia nosotros como nación. No podemos continuar aislándolos o descuidarnos de ellos, así ahora dolorosamente lo sabemos. Nuestra falta de sensibilidad, por supuesto, no excusa la violencia. Pero la situación nos llama a examinar el alma, como comunidad iglesia y como nación. ¿Qué es lo que hace que las personas/los pueblos nos odien? ¿Hemos escuchado suficientemente a las personas, a las naciones heridas y a su dolor, a la injusticia real o imaginaria que ellos están experimentando? Cuando las personas se desesperan, pueden hacer cosas muy malas. No tenemos que ir a mirar más allá de nuestros límites nacionales, para darnos cuenta. En este momento en nuestra nación se nos dá una oportunidad maravillosa para embarcarnos en una manera Evangélica, la manera de Jesús. Podemos hacer muchas cosas maravillosas en el camino de la tecnología. Quizá la próxima contribución grande al mundo podría ser la habilidad y el compromiso de relacionarnos los unos con los otros, como hermanos y hermanas en el Señor Jesús. Ese desafío sería el más difícil de todos, pero como seguidores de Jesús, como miembros de la Iglesia católica, deberíamos estar más en todo esto. Ésta debe ser una visión que puede inspirar y le dé a la familia humana el entusiasmo de los que podemos llegar a ser, como familia de Dios. Lo más importante, sabemos que la presencia salvadora de Jesús es tan real hoy, como fué hace dos milenios. Que Dios nos bendiga y nos dé el valor de ser fieles a estos dos grandes mandamientos.
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