De Parte del Obispo

"La curva del aprendizaje"


por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad

(Del edición 13 septiembre 2001 del Inland Register)

Ahora la escuela regresa a sus actividades. La vida en las parroquias y en la sociedad en general parece tomar un sabor diferente. El paso es diferente. Un nuevo grado o el último año de la escuela secundaria o de la universidad puede hacernos vibrar con entusiasmo y ansiedad. La educación religiosa en las parroquias empieza nuevamente. Quizás es tiempo de preparación para la Confirmación o la Primera Comunión/Eucaristía, o para terminar un grado en estudios religiosos de alguien que quiere tener un ministerio en la Iglesia. Para unos pocos puede ser un año más cerca de sus votos en la vida Religiosa o en preparación para la recepción de las órdenes sagradas.

Tenemos una responsabilidad aprender a lo largo de toda nuestra vida, sobre nuestra fe y las enseñanzas de la Iglesia. Muy a menudo miramos ciertas fases en la vida como la realización del proceso educativo. Terminamos las clases de educación religiosa en escuela primaria o la escuela secundaria, y así, es como va la idea de que tenemos, por bien terminado nuestro proceso educativo.

La curva de aprendizaje es un símbolo que parece indicar que hay un tiempo en nuestra vida cuando tenemos la necesidad de aprender mucho, y entonces podemos retroceder cuando hemos alcanzado cierto nivel. Les sugiero respetuosamente que para nosotros como miembros de la Iglesia, la curva de aprendizaje esta siempre enfrente a nosotros, siempre tenemos un camino por recorrer. Verdaderamente no hay nunca un tiempo en nuestras vidas cuando hemos alcanzado la cúspide de nuestros esfuerzos educativos.

No es raro hoy día, oir el comentario de que tenemos una generación entera de personas dentro de la Iglesia, a las que les falta una comprensión sólida de nuestras tradiciones y enseñanzas.

San Pablo en su carta a los Galatas (6: 15) nos recuerda esto “Lo que sí vale es el haber sido creados nuevos.” El aprendizaje nos exige una actitud de corazón y de mente, una franqueza para crecer en conocimiento, una apreciación de la amplitud inmensa y la profundidad de las enseñanzas de la Iglesia.

Escritura sagrada es siempre una oportunidad de aprendizaje más sobre el tesoro maravilloso y misterioso de la Palabra de Dios. Espiritualidad es un desafío contínuo para todos nosotros. Experiencias de retiros y muchos libros nuevos sobre espiritualidad nos asisten en nuestro propio crecimiento espiritual.

No debemos dejar que nos volvamos aprendices satisfechos de sí mismos o que piensen que la responsabilidad del aprendizaje continuado pertenece sólo a ciertas personas, sobre todo a los jóvenes. Nosotros adultos tenemos una responsabilidad seria de compartir con ellos el ejemplo de una avidez y un deseo continuo de aprender y de estar abiertos a nuevos discernimientos y experiencias de fe.

¿A nivel práctico, qué nos sugiere todo esto? Cada uno de nosotros debe comprometerse a un cierto aprendizaje o una actividad formadora cada año, dentro de la parroquia. Como obispo, debo continuar aprendiendo. Es por eso que leo mucho. Es por eso que participo en talleres que me ayudarán servir mejor.

Con todas las oportunidades que yo tengo para aprender, también debo reconocer lo mucho que no sé. En cierto modo, suena algo cómico. Mientras más sabemos, nos damos cuenta y reconocemos cuán limitados y pequeños verdaderamente somos en lo que sabemos. De un modo semejante, los parroquianos a menudo me han dicho que ha sido muy útil su participación como un organizadores del catecumenado o en la preparación de los candidatos en el RCIA (Rito de Iniciación cristiana para Adultos) ha sido. Se enriquecen en su propia comprensión de su fe al participar en el proceso.

En orden de tomar seriamente este desafío de aprendizaje continuado, debemos comprometernos constantemente en ser aprendices nosotros mismos, crecer en sabiduría y gracia. Puede haber muchas oportunidades para satisfacer nuestras y gracias:

  • Asistir a una continúa serie educativa patrocinada en la parroquia.
  • Participar en un estudio Bíblico.
  • Leer por lo menos dos libros al año sobre la Iglesia y/ o espiritualidad.
  • Comprometerse a ser maestro de educación religiosa.
  • Hacer un retiro anual.
  • Para aquellos que se casan, comprometerse a perticipar por lo menos cada cinco años a un fin de semana de enriquecimiento matrimonial, tal como un Encuentro Matrimonial.
  • Participar en pequeñas comunidades cristianas (todavía tenemos muchas de los que participaron en los grupos de Renovación).
  • Asistir a un taller una vez al año.
  • Ser voluntario para un proyecto de servicio y/o una organización del servicio.
  • Releer los documentos del Concilio Vaticano II o leerlos por primera vez.

Éstas son algunas sugerencias. Hemos sido llamados para ser discípulos de Jesús, todos debemos ser aprendices. Que Dios nos conceda la sabiduría y el compromiso para este desafío común.

- Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP

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