De Parte del Obispo

"Días de Tragedia y de Fe"


por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad

(Del edición 4 octubre 2001 del Inland Register)

(Documento del Señor Obispo Skylstad que se publicó originalmente el 15 de Septiembre, 2001 una edición del Spokesman-Review, el periódico de Spokane.)

Hay momentos en la vida pueden ser quedar profundamente grabados en la memoria para siempre.

El sábado recién pasado, en la tarde, estaba entre los 800 participantes de la convención de las Caridades Católicas de los EE.UU. en Newark, Fuímos a visitar el museo y a cenar a la Isla Ellis. Encontré que las fotos y los artefactos en la exposición eran poderosos, y aún persistentes. Había temas consistentes: en la pobreza; en la valentía de las personas que dejan su patria para encontrar un estílo de vida mejor; de gratitud por lo nuevo y por encontrar la libertad; con la esperanza de que la vida puede ser mejor.

Viajamos de regreso al continente por el balsadero aproximadamente a las 11 esa noche. En el barco, miré a través de la bahía hacia el bajo Manhattan. Las Torres Gemelas del Centro Comercial del Mundo eran el aspecto más prominente del escenario. La vista era idílica, asombrosa, inspiradora. Nadie en ese balsadero podría haber tenido la menor idea, que dos días más tarde, esa notable vista, cambiaría para siempre, en una de las más grandes tragedias de nuestra historia como nación.

Mi vuelo a Washington D.C., el lunes por la tarde, fue retrasado por un incendio en el aeropuerto de Newark, y a continuación por una tormenta. Tenía que estar en Washington, para la reunión de la mesa administrativa de la obispos católicos, el martes por la mañana. Mi vuelo finalmente llegó el martes, brevemente después de las 8 de la mañana En nuestra camino por la ciudad, el taxista me llevó muy cerca del Pentágono. Nadie sabía de la tragedia que estaba por ocurrir allí también, en menos de una hora.

Como nación estamos experimentando ahora una trágica calamidad que nos ha dejado paralisados por su magnitud y sus implicaciones. Las miles de historias de valor, de muerte, de preocupación, de pesar, y la profunda herida nacional que continúa emergiendo. Tenemos la historia de la mujer, una pasajera en el avión secuestrado que chocó en el Pentágono, que llamó a su marido por el celular. Ella le preguntó a su marido, qué debía hacer?

Ésa es una pregunta que describe el estado de nuestro corazón nacional, es una pregunta como esa la que muchos de nosotros nos hacemos, es la pregunta que nuestra nación se hace: ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo podemos encontrar significado en esta trágica experiencia? ¿Cómo podemos mirar hacía al futuro?

Para todos nosotros, éste es un momento de profunda fe. Hay tiempos en la vida cuando nos sentimos absolutamente desválidos, cuando nuestra única fuerza es nuestra confianza en la Divina Providencia y en el apoyo que nos demos unos a otros. A mediodía del martes, más o menos unas 3.000 personas llenaron la Basílica de la Inmaculada Concepción en Washington, D.C., para la Misa celebrada por el Cardenal Monseñor Theodore McCarrick de Washington.

El Martes por la noche estaba cenando con un sacerdote y uno de mis compañeros obispos. Minutos antes de que terminaramos nuestra comida, el restaurante se volvió de repente muy silencioso. Todo el mundo se levantó de la mesa y se reunieron para mirar la televisión en el salón de descanso. El Presidente Bush se dirigía a la nación. Muy pocos de los que estabamos allí reunidos nos conocíamos, el uno al otro, aún así había un sentido indescriptible de solidaridad, que refleja los sentimientos de nuestra nación.

Éste es un tiempo especial para hacer oración. Oramos por aquellos que se han muerto; por los equipos de rescate; por las familias que han perdido a aquellos que aman; por nuestro presidente y nuestros jefes nacionales. Pedimos sabiduría, que podamos encontrar maneras más eficaces para tratar el odio canceroso que ataca tanto de nuestro mundo, que amenaza con agarrar a nuestra nación, y que puede invadir igualmente nuestras iglesias. Para aquellos de nosotros de tradición cristiana, Jesús es muy imperativo sobre cómo debemos de tratar a nuestros enemigos: Debemos amarlos.

Este tiempo es un llamado para todos nosotros, a un piadoso exámen de nuestros corazones y de nuestra alma nacional. Quizás en la historia de nuestro país, este tiempo se convierta en un gran momento: un momento de un radical quiebre del ciclo de violencia, por amor, perdón, reconciliación, y con una visión de que la verdadera paz es posible, no sólo para nuestra nación, sino para toda la familia humana del mundo. Necesitamos desesperadamente de esa visión, de ese testimonio.

La justicia también necesita cumplirse. Somos responsables ante Dios y de los unos para con los otros.

Las fotos de la Isla Ellis me recuerda a la gente que confía en las decisiones que han tomado — decisiones que hicieron con una gran visión y obstinada esperanza, con gran sacrificio y valor. Cuando miré hacia el horizonte de Manhattan, pensé en cómo esos sueños se habían vuelto una realidad para muchos y de muchas formas poderosas.

El milenio es nuevo. Necesitamos soñar y envisionar como nunca lo hicimos antes. En este tiempo de una gran pérdida nacional, necesitamos dolernos y reconocer nuestras heridas y nuestro dolor. Pero lo más grande de todo, es que con la ayuda de Dios debemos trabajar por construir la paz en nuestro mundo y en cada corazón humano.

Que Dios nos bendiga con sabiduría.

- Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP

© The Roman Catholic Diocese of Spokane. All Rights Reserved



Home