De Parte del Obispo

"‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’"


por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad

(Del edición 24 mayo 2001 del Inland Register)

Estas palabras de Jesús en el Evangelio de San Lucas fueron dichas mientras hacia el camino de la cruz. Son palabras notables de perdón, cuando Jesús enfrenta su muerte. El pueblo ejecutó a Jesús. Nosotros sabemos la historia muy bien.

La semana recién pasada, las noticias han estado plenas de la historia sobre la hermana Barbara Ann Ford, una hermana de la Caridad, que fue asesinada en la ciudad de Guatemala. La pendiente ejecución de Timothy McVeigh también ha captado la atención nacional, especialmente desde que se ha retardado la aplicación de su pena de muerte.

La indignación nacional y el deseo de venganza han sido mucho más evidentes, en lo que rodea el bombardeo en la ciudad de Oklahoma, que mató a tantas personas. De hecho, el crimen fue horrible, aún peor cuando se considera que la muerte de los niños es “un daño lateral justificable.” La frase de que la justicia sólo será realizada cuando McVeigh sea ejecutado, ha sido dicho por un amplio número de personas e incluso por altos oficiales gubernamentales. No hay ningún lugar en el Nuevo Testamento o en las enseñanzas presentes de la Iglesia que justifica tal sentimiento. Al contrario, en el Catecismo de la Iglesia Católica, se resume la única justificación para el uso del castigo capital: “Si ésta es la única manera posible de efectivamente defender la vida humana contra un agresor injusto. Hoy, de hecho. los casos en el que la ejecución de un criminal como una necesidad absoluta es muy raro, prácticamente no-existe” (2306).

Uno puede entender ciertamente los sentimientos iniciales de indignación y amargura de las víctimas sobrevivientes de la tragedia. En cierto sentido, todos nosotros hemos sido víctimas. Pero algunos se ha movido un poco más allá de estos sentimientos, con la pregunta honesta de si realmente una ejecución contribuirá a su bienestar.

Bud Welsh, que perdío a su hija en esta tragedia, ha hecho el camino de esos sentimientos de indignación a un llamado al perdón y a la reconciliación. Ésta es la jornada verdaderamente cristiana de conversión del corazón y realización genuina de lo que mejorará la vida personal y la vida de nuestra sociedad. Las ejecuciones no rompen el ciclo de violencia; ellas contribuyen a ella.

En el bombardeo de la ciudad de Oklahoma fueron muertas ciento sesenta y ocho personas. Algunos han muerto 200.000 personas o han desaparecido en Guatemala en estos 25 años recien pasados. La Hermana Barbara Ana Ford es la última asesinada en el que ciertamente ella fue la víctima, no de una violencia al azar, sino de una ejecución planeada.

Aproximadamente hace cuatro años, el Sr. Obispo Juan Gerardi, Obispo auxiliar de la Ciudad de Guatemala, fue muerto dos días después de que emitió un informe sobre los derechos humano en nombre de los obispos de su país. La Hermana Inmaculada, que dirige las clínicas de la salud en las áreas de Novillero, Nahuala, Ixtahuacán, y Santa Lucía, le robaron su camioneta hace algunos meses atrás mientras se detenía a ponerle gas, en una estación de gasolina. Al Padre David Baronti le ha sido fotografiada su cara como un criminal.

Admiro tremendamente a las personas, hermanas, sacerdotes, y obispos que viven y sirven en circunstancias tan difíciles. Éstas son las personas que viven, no con un sentido de venganza pero con la esperanza que en el futuro las cosas pueden ser mejor, que la Luz de Cristo hará finalmente la diferencia. El Sr. obispo Cabrera de la Diócesis de Santa Cruz de Quiché, donde la hermana que Barbara Ana sirvió, dijo en la misa de su entierro en Nueva York, “nosotros hacemos el compromiso de cuidar de que continue brillando ardientemente la luz que ella encendió en nuestra diócesis.” pido perdón por el asesinato, indicando de que no fue hecho por los pobres de Guatemala. Como diócesis, ofrecemos a la familia y a las hermanas de Caridad nuestras sinceras oraciones de simpatía piadosa y damos gracias a Dios por el regalo de su vida.

Hace varios meses me encontré con una historia en la Diócesis de Santa Cruz de Quiché, de un incidente a mediados de los años 80, cuando la violencia era extrema. El obispo no podía quedarse en su diócesis, y fueron muertas muchas personas. En un pueblo particular un grupo de soldados rebeldes vino una tarde y les dijo a los lugareños que los cinco principales catequistas tenían que ser muertos en la mañana del día siguiente o ellos acabarían con el pueblo. Los cinco hombres se adelantaron y se ofrecieron voluntariamente por el pueblo. Fueron muertos y se volvieron parte de los muchos mártires que perdieron su vida debido a su fe, en esa área.

La violencia continúa, pero así también la presencia de la Iglesia, pidiendo/exigiendo justicia, paz, y reconciliación. La Iglesia no se ha desviado, sino que se ha mantenido firme en el camino del Evangelio, llevando a tiempos la cruz pesado de la violencia que taladro al mismo Jesús. Tenemos mucho que aprender en este país sobre cómo resolvemos nuestros problemas de violencia. Sin querer hay veces en el que contribuimos con ella en lugar de resolverla. La pena de muerte no es una solución. La luz de Cristo lo es. El perdón lo es. La reconciliación lo es. La esperanza en la bondad de cada persona lo es. El Amor lo es. Continuaremos rezando por la paz en Guatemala y por la paz en nuestros propios corazones.

Que la Ascención de Jesús nos inspire y haga que nuestros corazones estén abiertos al poder del Espíritu Santo.

- Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP

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