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"Diálogo entre las culturas"por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad (Del edición 8 febrero 2001 del Inland Register)
Al empezar este nuevo milenio, hay una creciente esperanza por una verdadera hermandad universal. A menos que esto se vuelva una realidad, no habrá forma de asegurar la paz. Hay signos de mejoramiento: las Naciones Unidas Defensora de los Derechos Humanos; el proceso de globalización que conduce a la unificación progresiva de la economía, de la cultura y de la sociedad; y en general, mejorar las relaciones entre las religiones del mundo. En cambio, hay nubes de oscuridad: Amargas heridas abiertas, sangrientos conflictos; crecientes dificultades por mantener la solidaridad entre pueblos de diferentes culturas y civilizaciones; y la incapacidad de confrontar inteligentemente las nuevas configuraciones de las naciones y de los pueblos, dando como resultado una acelerada migración. Tenemos en nuestro mundo una asombrosa y compleja diversidad de culturas humanas. Cultura es básicamente una forma de autoexpresarse en la historia. Está siempre marcada por elementos estables y permanentes así como por rasgos cambiantes y contingentes. Cada cultura tiene su limitaciones. Para prevenir el aislamiento, debemos conocer las otras culturas. La diversidad cultural debería ser entendida en el horizonte más amplio, el de la unidad de la raza humana. La autenticidad de cada cultura humana y la validez de sus rumbos morales pueden ser medidos por su compromiso a la causa humana y por su capacidad de promover la dignidad humana en cada nivel y en cada circunstancia. En esta área sin embargo, hay peligros también; por ejemplo, la radicalización de la cultura, la conformidad esclavizada con la cultura, y la evidencia creciente del empobrecimiento de algunos modelos culturales del Oeste. Una cultura que ya no tiene su punto de referencia en Dios pierde su alma y dirección, llegando a ser una cultura de muerte. Así como los individuos llegamos a la madurez a través de una abierta y franca receptividad y de un darse así mismo a los demás, así también hacemos que una cultura madure y crezca. La noción de comunión nunca implica una uniformidad embotada o una fuerza de asimilación. Este respeto es una señal de enriquecimiento y una señal de crecimiento. Nuevas prácticas culturales, introducidas por los inmigrantes, deben ser respetadas y aceptadas. Mientras una cultura este verdaderamente viva, no debe tener miedo de ser reemplazada. El Santo Padre concluye la carta con valores que son comunes a todas las culturas: El valor de la solidaridad. Con desigualdades de crecimiento en nuestro mundo, la promoción de la justicia está en el corazón de la solidaridad. La respuesta no es sólo darles nuestras sobras a aquellos que están necesidad, sino ayudar a pueblos enteros, marginalizados o excluídos, el poder entrar en un desarrollo económico y humano global. El valor de la vida. Además del mutuo respeto humano, las culturas no deben dejar de tener un vivo sentido del valor de vida misma. Hay muchos ejemplos maravillosos en nuestros tiempos de generosidad y dedicación en éste punto, pero hay también señales significativas de la violación de la dignidad de la persona humana. Los más débiles y vulnerables de nuestro mundo nos piden una atención y preocupación especial. El valor de la educación. Fundamental al diálogo entre culturas es el valor y responsabilidad por la educación. No debemos aprender sólo sobre nuestras propias raíces, sino enseñar el respeto por las otras culturas también. La educación juega un papel particular en la construcción de un mundo más unido y pacífico. El valor de la reconciliación y del perdón. Desde el punto de vista cristiano la reconciliación y el perdón son el único camino que conduce a la meta de la paz. Algunos podrían juzgar que esta aproximación es ingenua, pero es la manera de Jesús, sobre todo cuando lo vemos en la cruz. Fuimos llamados a ser misioneros del perdón y de la reconciliación. Papa Juan Pablo II concluye con un llamado a la juventud del mundo. Claramente, en Agosto recien pasado, el Día Mundial de la Juventud en Roma tuvo un impacto tremendo en el Santo Padre. Ese maravilloso llegar a un encuentro, unidos en la diversidad, es una indicación clara del milagro de la universalidad de la Iglesia. En el último párrafo de su mensaje, escribe: “Estimadas jóvenes de cada idioma y cultura, una gran y estimulante tarea les espera: que hombres y mujeres sean capaces de vivir una vida en solidaridad, paz y amor, con respeto por todo el mundo. Vuélvanse artesanos de una humanidad nueva, donde hermanos y hermanas, miembros todos de la misma familia, puedan por fin vivir en paz.” De hecho, ojalá así sea. Que Dios les bendiga a todos y les dé su paz.
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