De la Conferencia Católica
del Estado de Washington

"Un llamado para la abolición de la Pena de Muerte: Una Declaración
de la Conferencia Católica del Estado de Washington"


por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad

(Del edición 3 febrero 2000 del Inland Register)

Al inicio del tercer milenio cristiano, nosotros, los Obispos Católicos del Estado de Washington, reafirmamos las enseñanzas de nuestra Iglesia, de que toda vida humana es sagrada. Nosotros los católicos creemos que Dios es nuestro Creador, y por consiguiente reconocemos y respetamos la dignidad de cada persona humana. No importa si una persona no ha nacido, es muy anciana, o culpable de un odioso crimen, la vida de esa persona es un regalo de Dios que no tiene precio. Como seguidores fieles de Jesús, nosotros estamos llamados a reafirmar la santidad de toda vida humana.

Nuestra reverencia y amor, por cada persona humana, nos piden que estemos presentes de una manera muy especial a las víctimas de la violencia. Desaprobamos el mal del asesinato, y reconocemos la angustia de aquellos, cuyos seres queridos han sido asesinados. Las familias y los amigos de las víctimas de los asesinatos sufren terriblemente debido a la pérdida de sus seres queridos. Nuestra humanidad compartida nos insta a que tratemos de consolarlos recibiéndolos con cariño en nuestras comunidades de amor y de apoyo. Les pedimos a nuestras parroquias y comunidades de fe que desarrollen maneras realmente significativas para servir a y hacer la jornada con aquellos que han sufrido así tan dolorosamente.

Condenamos las acciones de los asesinos, pero esta censura no niega la dignidad radicada en Dios de aquellos que han tomado una vida humana. Aunque no hacemos menos las acciones de las personas que han cometido asesinatos, nos oponemos al uso de la Pena de Muerte como castigo por sus crímenes.

Nosotros los obispos, como pastores de la Comunidad Católica, estamos especialmente preocupados sobre la cantidad de fieles católicos que aceptan, como un bien, la Pena Capital, como una respuesta a la violencia. Tristemente, allí parece haber un vacío, entre lo que la Iglesia enseña sobre este asunto y lo que algunos católicos consideran moralmente aceptable.

Debemos hacer un puente sobre este vacío. Hace algunos años, nos hemos opuesto a las ejecuciones y sugerimos que se sustituyan por un encarcelamiento de por vida sin posibilidad de la libertad provisional. Aún así muchas personas no cambian su opinion sobre este asunto. Para ser eficaces, debemos tocar los corazones de un gran número de católicos que aceptan la ejecución como una respuesta apropiada a los crímenes violentos que confronta nuestra sociedad.

En el caso de la Pena de Muerte, puede ser que algunos católicos no estén bien informados de cómo las enseñanzas de la Iglesia sobre la Pena Capital se han ido desarrollado. La Iglesia ha reconocido que el estado tiene derecho a usar la Pena de Muerte, cuando es necesario proteger a la comunidad. A través de historia, cuando los primitivos sistemas penales no podían usar el encarcelamiento de por vida para proteger a la sociedad, la Iglesia permitió la ejecución de los asesinos. Sin embargo, aún en el siglo V, teólogos como San Agustín previnieron que las ejecuciones eran sólo un último recurso, diciendo, “ ...nuestro deseo es más bien que se haga justicia sin tomar la vida.”

En nuestro tiempo, el Papa Juan Pablo II ha hablado claramente, con mucha fuerza y con frecuencia sobre la necesidad de abolir la Pena de Muerte. Así es como fue con el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado en inglés en 1994, y revisado en 1998, para clarificar las circunstancias cuando podría hacerse uso de la Pena de Muerte, “...son tan raras que estás casi prácticamente no-existen.”

Aunque la Iglesia se opone a la Pena Capital, muchos en la sociedad creen, que es lo justo, que los asesinos deben ser ejecutados. Aquellos que han sido testigos o han sufrido a causa de estos crímenes tan odiosos, a veces consideran que la Pena de Muerte es justa, porque parece ser proporcionada a un crimen tan atroz. Sin embargo, la Pena de Muerte no sana el dolor del que ha perdido a un ser querido. Sólo el caminar con aquellos que han sufrido, puede empezar a aliviar su pesar. Nuestras Comunidades Parroquiales, por razón de la ternura y de la esperanza que proporcionan ofrecen lo que las ejecuciones no pueden. Es decir un encuentro con el Dios que por su gracia sana los corazones.

Cuando el deseo de venganza es lo que nos motiva a pedir a el Estado - que sancione al asesino, estamos apoyando una “cultura de muerte.” Violencia engendra violencia, tanto en nuestros corazones como en nuestras acciones. Debemos recordar que la visión de la Iglesia, para nuestra sociedad, es aquella donde la vida y la dignidad humana es universalmente respetada. El uso innecesario de la Pena de Muerte corroe nuestro respeto por la vida humana.

También niega al ofensor la oportunidad de arrepentirse y de buscar perdón. En algunos casos la Pena de Muerte podría negar a los ofensores la oportunidad de convertirse a Dios. Jesús no busca la muerte de los pecadores. Busca su conversión.

Nuestra oposición al uso de la Pena de Muerte es reforzada por la posibilidad que una persona inocente pudiera ser ejecutada. La injusticia, de ejecutar a una persona inocente, nunca podría deshacerse. Nuestro sistema legal es bueno. Sin embargo, se cometen errores. Desde 1977, por cada siete personas ejecutadas en nuestro país, una persona condenada a la pena de muerte se ha encontrado inocente y se ha dejado libre. Mientras que nuestra sociedad pueda proteger al público, encarcelando a aquellos que se encontraron culpables, no podemos justificar la posibilidad de ejecutar a un inocente.

Tampoco podemos justificar el hecho que nuestro sistema de justicia, desproporcionadamente ejecute minorías raciales, pobres, y mentalmente enfermos. Como Iglesia con una preocupación especial por los más frágiles de nuestra sociedad, no podemos ignorar que la Pena Capital los afecta desproporcionadamente.

En Enero de 1999 durante su primera visita a San Luis, el Santo Padre renovó su llamado a los católicos a hablar en contra de la violencia de la Pena de Muerte:

“La Nueva Evangelización desea seguidores de Cristo que estén incondicionalmente en pro de la vida y proclamen, celebren y sirvan al Evangelio en cada situación. Una señal de esta esperanza es el reconocimiento creciente de la dignidad de la vida humana que nunca podrá dejarse a un lado, aún en el caso de alguien que ha hecho un gran mal. La sociedad moderna tiene los medios de protegerse, sin definitivamente negar a los criminales la oportunidad de reformarse. Renuevo el pedido, por un concenso general, de acabar con la Pena de Muerte, que es al mismo tiempo cruel e innecesaria.”

Al exigir la abolición de la Pena de Muerte, primero queremos comprometernos por medio de nuestro apoyo pastoral, a todos aquellos que han perdido a un ser querido en un asesinato. Continuaremos nuestra enseñanza sobre todo lo que tiene que ver con la vida humana, y alentando a nuestros pastores y jefes de comunidades a hacer lo mismo. Finalmente, alentamos a todos los miembros de la Iglesia a considerar religiosamente las enseñanzas de la Iglesia y el ejemplo de Jesús, y unirse a nosotros en el esfuerzo por abolir la Pena de Muerte aquí en el Estado de Washington.

Arzobispo Alex J. Brunett
Arquidiócesis de Seattle
Obispo William S. Skylstad
Diócesis de Spokane
Obispo Carlos A. Sevilla SJ
Diócesis de Yakima

En Enero de 2000

- Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP

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