De Parte del Obispo
"El llamado a la esperanza, el desafio a la Reconciliación:
Una Carta Pastoral sobre la Reconciliación en el año de Júbileo"
por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad
(Del edición 24 febrero 2000 del Inland Register)
Fue un día como ningún otro. No lo veremos
otra vez. Estoy hablando del 31 de Diciembre de 1999, el día en que la comunidad humana cruzó
el umbral del año 2000. Hora tras hora miramos como las sucesivas zonas de tiempo avanzaban en
el año nuevo. Pero el tiempo real de las comunicaciones facilitó un sentido de comunidad
mundial. A medida que la medianoche se fue acercando a cada tiempo zonal, muchedumbres en el
último tiempo zonal unidos para la cuenta final y la subsecuente explosión de milenaria
exuberancia. En la aureola del estallido pirotécnico, podíamos ver el ánimo de la esperanza
humana y la común aspiración de todos los pueblos por un mundo de paz. Somos naciones, culturas
y grupos étnicos diferentes, pero ese día llegamos a estar unidos en una comunidad humana.
Pero no nos dejemos engañar sobre la situación humana. Al alba misma del año 2000 nada ha
cambiado en nuestra historia o en la condición humana. Tristemente, llevamos a ésta nueva era
los viejos conflictos, no solamente los del año pasado o aún de las décadas recientes, sino
conflictos arraigados en siglos de hostilidad. Las noticias de la tarde traen a nuestros
hogares las imágenes de bombardeos, de levantamientos políticos y de refugiados desesperados
huyendo de la destrucción. Pero muchos conflictos están más cerca de nuestro hogar. En el área
de Spokane, las negociaciones entre Aluminios Kaiser y la Unión de los obreros están en un
callejón sin salida. ¿Cuánto más tiempo se puede contener la tensión emocional y física, antes
que haga erupción con trágicas consecuencias? Nuestra región no ha sido inmune a la violencia
fatal, que ha estallado en escuelas secundarias a través del país. Detrás las puertas del
santuario del hogar acechan historias ocultas de frustración, de desilusión y de impotencia que
llevan al caos y aún al ataque físico. Un acuerdo de paz internacional por la fuerza puede
refrenar a los Albaneses y Serbias de actuar fuera su enemistad histórica; la orden de
restricción de un jueces puede retener a un padre violento lejos de una aterrada esposa y
niños. Pero ésta no es la paz. Ésta es sólo un frágil cese de una hostilidad abierta. Lo que
permanece y lo que no se puede superar por la fuerza de las armas o por negociaciones sutiles,
son los sentimientos oscuros del corazón: enojo, odio, venganza, miedo, egoísmo. Estas
infecciones del espíritu humano no quedan resueltas. Las heridas que claman por curación
parecen que se rasgar y se abren de nuevo y de nuevo.
Al entrar en las celebraciones de la Cuaresma en este año del Júbileo, quiero compartir con
ustedes unos principios, que nuestra tradición Católica pone ante nosotros, acerca de las
grandes gracias del arrepentimiento y de la reconciliación. Estos principios nos llaman a un
justo, respetuoso y fiel reconocimiento de nuestras caídas, nos compromete a actos prácticos de
arrepentimiento y a mantener una actitud de esperanza hacia el futuro de la humanidad: El Reino
de Dios.
Fundamentos de Nuestra Esperanza
Para aquellos que profesan la fe Cristiana, el Adviento del año 2000 esta cargado de una
importancia particular. Para un recuento tradicional éste es el año 2000 A.D., Anno Domini, el
año del Señor. El Santo Padre, Juan Pablo II, designó la medianoche de la última nochebuena
como la inauguración del gran año del Júbileo para acentuar más la profunda verdad de este
momento en la historia. No es sólo la pasada de los 2.000 años y la vuelta de la página de un
calendario que celebramos, sino el nacimiento en el tiempo del que Es desde toda eternidad.
En su oración para la celebración del Gran Júbileo, el Santo Padre expresó la esperanza de la
humanidad:
“Por tu gracia, Oh Padre, que el año del Júbileo sea un tiempo de profunda conversión y de
un retorno jubiloso a Tí. Que sea un tiempo de reconciliación entre los pueblos, y la
restauración de la paz entre las naciones, un tiempo cuando las espadas se transformen arados y
las armas abran camino a canciones de paz.”
La esperanza de la humanidad, parece levantarse en el colosal despliegue pirotécnico de las
celebraciones en vísperas del Año Nuevo, está ya presente y trabaja en el corazón de la
historia humana. Pero a medida que cruzamos el umbral del nuevo milenio, puede ser posible que
la Iglesia lleve a la comunidad humana a una renovación de ésta esperanza. En verdad, éstas son
buenas noticias. Pero, si aceptamos esta buena noticia y la vivimos plenamente, no podemos
desatender las primeras palabras de ésta noticia: arrepiéntanse. “Es el tiempo de la plenitud.
¡El reino de Dios está cerca! ¡Arrepiéntanse, y crean en el Evangelio!” (Marcos 1, 15).
Metanoia, el gran término Evangélico que significa, cambio de mente o cambio del corazón, es la
llave de la puerta de la buena noticia: El Reino de Dios está cerca.
Fundamentos de la Solidaridad Humana
Fuímos creados a imagen de Dios. La trágica herida de ésta imagen es la triste historia del
pecado humano. Ésto no provocó el rechazo de Dios a su creación, pero dió paso a una nueva y
mejor revelación de sí mismo. “Dios amó tanto al mundo que dío a su único Hijo” (John 3, 16).
“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (John 1, 15). La antigua alienación del
mundo de Dios, la criatura del creador, fue solucionado con la encarnación. Dios ha venido a
nosotros como a uno de nosotros. En la señal del cruz en el Calvario miramos no sólo la
conciliación del cielo y la tierra, pero en los brazos extendidos del crucificado, reconocemos
el abrazo divino que une a toda la humanidad. La misma piedra angular de solidaridad humana es
el amor de Dios por la humanidad que se manifestó en Cristo Jesús.
El amor de Dios por el mundo es el fundamento de nuestro deseo de buscar y servir al bien
común. No vivimos para nosotros mismos. Al igual que Cristo, nuestro propósito es llegar a ser
siervos del Señor para la salvación del mundo. La Palabra se hizo carne y vivió su vida en
forma ordinaria, sin grandes circunstancias: en medio de una familia; en un trabajo manual; en
las tradiciones y en la sabiduría de su cultura; en el culto de Dios. Pero vemos en las
palabras y en el trabajo de Jesús, en la vida de la comunidad apostólica y en las actividades
de la tradición de la fe Cristiana, la infusión de un espíritu nuevo y de un dinamismo en el
corazón de la humanidad. Traemos éste fermento que influye en la cultura y en las condiciones
de nuestro tiempo. La economía, los artes, la situación política, la educación, las leyes, el
ambiente y las familiares son el teatro de la acción humana. Y nosotros estamos en medio de
todo esto con nuestro sentido de compromiso por el bien común y por el derecho de una
participación universal. Nadie puede ponerse fuera del bien común. El regalo de nuestra visión
de humana solidaridad nos urge a reconocer y a desechar los pecados que cometemos como grupo,
como sociedad, como gobiernos, y tal vez aún, como comunidades de fe. Racismo, sexismo, y
privilegio de clases son ejemplos.
Fundamento de la Renovación de Nuestras Relaciones
Para desarrollar respeto y amor de los unos para con los otros, debemos reconocer el impacto de
nuestras acciones y actitudes en nuestro prójimo. Cúan destructivo es para nuestro espíritu de
juicio el desprestigiar a alguien. Correcto o incorrecto, verdad o falso, honor o deshonra está
en cada persona, pero cada persona debe ser amada. Cuando actuamos sin mirar por este primer
principio, el resultado inevitable será la división y la hostilidad entre las personas. Esta
división tiende a una amarga polarización ideológica que penetra la sociedad. En nuestras
circunstancias presentes debemos reconocer tristemente que tal polarización infecta la
política, haciendo casi imposible el lograr el trabajo del bien común. Para nuestro gran
desaliento y desgracia, ésta actitud de rigidez inflexible, de desvalorización y de desprecio
infecta a nuestra Iglesia, quita la savia de su energía, disminuye su credibilidad y
distorciona su mensaje.
La respuesta a nuestros pecados deben ser lágrimas de arrepentimiento, despojarnos de las
ataduras a las posesiones y al poder, y conducir nuestros esfuerzos al servicio amoroso de
aquellos que han sido dañados por nuestros propios pecados, los pecados de otros y el pecado
del mundo. El espíritu de este año del Gran Júbileo pone las marcas en nuestra propia metanoia,
un arrepentimiento de corazón que nos conduzca a una celebración auténtica del Sacramento de la
Reconciliación. Pido a cada católico en nuestra Diócesis celebrar este gran sacramento del
perdón y de la Sanación, en este Tiempo de Cuaresma. Pido que nuestros pastores y parroquias
les den una amplia oportunidad para la celebración comunitaria de este Sacramento según el II
Rito. El II Rito proporciona a varios o a muchos penitentes la oportunidad de una confesión y
absolución individual. Estas celebraciones son poderosos actos de solidaridad. Nos ponemos
frente a Dios y al lado de unos y otros como pecadores. Nuestra misma presencia es ya un acto
de contrición: Soy un pecador; requiero perdón, y necesito perdonar de mismo modo que espero
ser perdonado. Que consuelo y confianza me da cuando te miro a tí y a tantos otros reunidos
conmigo en una confesión común de nuestros pecados. El proceso del II Rito para la
Reconciliación también nos dá la posibilidad de un reconocimiento individual de pecados a un
confesor. Necesariamente éste es un breve informe de aquellos pecados de naturaleza más seria
que necesitan ser identificados. Tal vez, una persona puede confesar un hábito o tendencia con
los que tiene problemas y que necesita ayuda. No obstante, este momento de abrirse humildemente
a sí mismo testifíca la verdad de que soy un pecador y que reconozco mi participación en los
pecados del mundo.
Para algunas personas que han tenido dificultades por mucho tiempo con un pecado específico o
que no han celebrado este sacramento por años, un tiempo más largo con el confesor sería más
útil y aconsejable. Le pido a los pastores calendarizar amplias oportunidades para confesiones
individuales, y a todos los sacerdotes, estar alerta y disponibles a personas que puedan
acercarse directa o indirectamente a usted para este sacramento.
Predicar sobre el Sacramento de la Reconciliación debe tener un lugar de prioridad en este año
de Júbileo. ¿Qué mejor manera de experimentar el significado del Júbileo que ser aceptado de
regreso a la casa de nuestro Padre y cancelar las deudas de resentimiento y de rechazo que
sostenemos contra otros? Este sacramento en un momento maravilloso y poderoso, un medio del
verdadero significado del perdón, expresado de una manera que todos podemos entender y tomarlo
de corazón. Nos reconciliamos con Dios, con nosotros mismos, y con nuestro prójimo.
Quiero teminar con un pensamiento que expresó el Obispo Carlos Belo de Timor Oriental, que
recibió el honor del Premio de la Paz el año 1996:
"Para hacer de la paz una realidad debemos ser tan flexibles como sabios. Debemos reconocer
de verdad nuestras propias faltas y movernos para cambiar en direccción de los intereses en la
construcción de la paz.... Hagamos desaparecer el enojo y la hostilidad, la venganza y otras
oscuras emociones, y transformémonos en humildes instrumentos de la paz.... El pueblo en Timor
Oriental no es inflexible. No están mal dispuestos a perdonar y a supera sus amarguras. Al
contrario anhelan la paz en su comunidad, y dentro de la región. Ellos desean construir puentes
hacia sus hermanos y hermanas en Indonesia. Quieren encontrar formas que vayan creando armonía
y tolerancia. Nunca debemos eliminar la posibilidad de la buena voluntad por parte de los
otros, aún de aquellos que nos han traído sufrimiento. Ningún ser humano debe ser
‘deshumanizado’. Y es posible para cualquiera y para todos seguir creciendo, o volver a maneras
más nobles de acción; vivir según nuestros ideales más altos."
Ruego para que éstas palabras que fueron verdad para las personas del Timor Oriental. Pido que
ellas sean también verdad para las personas del Washington Oriental.
- Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP
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