De Parte del Obispo

"Limpieza"


por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad

(Del edición 10 junio 1999 del Inland Register)

A través de los últimos dos de meses, todos nosotros hemos visto la tragedia que se ha desarrollado en Kosovo. Una limpieza Étnica, con la pérdida de decenas de cientos de vidas (o más); de los cientos de miles de refugiados que han huido sus hogares y han perdido todo. Éstas son algunas de las consecuencias trágicas de las decisiones hechas por los jefes nacionales. Además, la infraestructura de Yugoslavia ha sido gradualmente destruida. Bien tomaría décadas reconstruir. Las personas sufren terriblemente, de muchas maneras.

Kosovo no es la única área donde se ha producido una limpieza étnica. Rwanda fue la escena hace pocos años de una matanza de más de 500,000. La hostilidad entre los Hutus y los Tutsis tuvo su origen desde un largo período anterior. Además, Rwanda es más del 50 por ciento católico.

La Segunda Guerra Mundial fue acompañada por el exterminio de unos 6 millones de Judíos, una historia que ahora conocemos muy bien como la gran tragedia de nuestros tiempos.

Al final del siglo, casi 2 millones de armenios fueron muertos en una amarga confrontación. Más reciente aún, más de 200.000 fueron muertos en sólo un par de décadas.

Muchos de éstos fueron pobres pueblos nativos.

Tenemos nuestra propia historia desagradable aquí en los Estados Unidos. En el último siglo experimentamos el despojamiento brutal de sus tierras ancentrales a los Nativos Americanos. Muchos de ellos fueron muertos. Se puede describir el movimiento forzado de las diferentes tribus de los indios a reservaciones, como limpieza étnica.

Aquí en el Interior del Noroeste se localiza la oficina principal de un movimiento cuya ideología es la pureza étnica, otro giro en el concepto de la limpieza étnica. Pasma y entristece que ese grupo opere bajo la forma de un movimiento cristiano, todavía aún siendo contrario a las enseñanzas de Jesús y de su visión del reino.

Para todos nosotros, la primera preocupación no es preguntar lo que ha ido mal en el corazón de las otras personas, sino examinar nuestro propio corazón. ¿¿Qué tipo de “limpieza &eacuute;tnica” sigue dentro de nosotros por la cual demostramos un rechazo a una clase de personas ya sea por su origen étnico o religioso? Hay toda suerte de categorías: los Africo-americanos, los Nativo-americanos, los pobres, los ricos, los inmigrantes y los trabajadores migrantes, las madres solteras, la gente mayor, la juventud, las personas de la calle, los sin casa ni hogar, los mentalmente enfermos, y los que tienen diferentes limitaciones por nombrar algunos.

Lo más importante, es que nosotros como católicos debemos examinar nuestros corazones para ver cómo, personalmente, podemos hacer algo para cambiar estas actitudes de nuestros corazones, actitudes que eventualmente se manifiestan en nuestra conducta externa. La Iglesia católica abraza a cada nación y tribu, y debemos vivir lo que Jesús nos llama ser. Las palabras de Jesús son claras. La enseñanza de la Iglesia es inequívoca. Somos una familia humana, y cada persona en esta familia merece respeto y honor. Se hizo a cada persona a imagen y semejanza de Dios. Todo el mundo refleja la presencia de Dios de una manera única.

Cuando nos acercamos al fin de este milenio y del año del Júbileo, la limpieza real debe de estar en aquellas cosas que son una mentira mala en nuestros corazones. Debemos esforzarnos por erradicar de nuestros corazones, parroquias, comunidades, nación y de nuestro mundo, cualquier vestigio de rechazo a las personas, y sobre todo del intento de erradicarlos de cualquier forma. La orden de Jesús es amar al prójimo. El Papa Juan Pablo II, en su encíclica El Evangelio de la Vida (“Evangelium Vitae”), nos llama a reforzar la cultura de la vida y ser los protectores de nuestros hermanos y hermanas. La respuesta de Caí)n al interrogatorio de Dios de lo que pasó a su hermano, Abel, fue profundamente cínica, por decir lo menos: “Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”

Que este cinismo y arrogancia cese cuando entramos al nuevo milenio.

Como Iglesia, tenemos una gran oportunidad de hacer una diferencia en nuestro mundo. Nada — ideologías, orígen étnico, diferencias políticas, limitaciones — debe ser un obstaculo en el camino para ser fieles al Evangelio y amar radicalmente al mundo entero. Volvernos a la Eucaristía de nuevo y de nuevo ser alimentados, sanados, y confirmados en nuestra resolución de ser fieles a la presencia de Jesús en este mundo y llevar en nosotros, su misión de proclamar el Evangelio. Su oración por unidad de todos los pueblos no se debe olvidar nunca. Nuestra responsabilidad como Iglesia es predicar la justicia y llamar a la comunidad mundial a la paz y la justicia contínuamente.

Nos bendecimos con agua santa y fuímos rocíados con ella. Recordándonos la maravillosa limpieza y la nueva vida que ésta agua nos ha dado en Jesucristo, a través de nuestro bautismo. La presencia salvadora de Jesús puede y continúa trabajando por nosotros como Iglesia. Ojalá que estemos especialmente abiertos a la acción del Espíritu Santo al acercamos al nuevo milenio.

- Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP

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