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"Viviendo la Vida en Plenitud"por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad (Del edición 18 marzo 1999 del Inland Register)
Nos estamos acercando a la Semana Santa y a la gran fiesta de la Pascua. Respetuosamente, les sugiero que entremos en el espíritu en estos últimos días de Cuaresma y de Semana Santa, ellos nos dan una gran oportunidad, el dar un sentido de equilibrio y de perpectiva a nuestras vidas, que enriquezcan nuestra relación con el Señor y nos mantengan con un gran aprecio por nuestro camino de vida. Ante todo, la vida es misterio, y no podemos hacer el viaje por caminos de muerte, los que inicialmente parecen ser muy llamativos y satisfactorios. Estos días de nuestra jornada espiritual de Cuaresma y de Semana Santa debería ayudarnos a ordenar nuestras vida y entrar de verdad en un “balance” de todo. Sugeriría tres temas para la reflexión y la celebración. Recordar. Las liturgias de la Pasión; desde el Domingo de Ramos a la Vigilia Pascual, pone ante de nosotros los acontecimientos de la historia de la salvación que tienen y continúan teniendo un profundo impacto en nuestras vidas. El Domingo de la pasión nos recuerda la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén. Pero, Jesús está sólo a un par de días de su arresto y de un cambio dramático en su ministerio. También leemos el Evangelio de San Mateo, desde el domingo de Ramos a la Pasión, que nos muestra un contraste interesante entre la entrada triunfal y la pasión. Nuestra vida, con demasiada frecuencia, puede estar llena de grandes alegrías y tragedias. El Jueves santo, celebra la Cena de la Señor, el regalo contínuo de la celebración en la que Jesús nos alimenta con su Cuerpo y Sangre. Éste es el verdadero alimento del alma, como él no hay otro. El Viernes santo pone ante nosotros la pasión y muerte de Jesús según San Juan. Cuando Jesús nos dice que tomemos nuestra cruz diariamente y lo siguamos, podemos aceptar esa invitación alegremente, sabiendo que El la ha tomado antes que nosotros. En la Liturgia de la Palabra de la Vigilia Pascual, se nos hace caminar por los momentos más significativos de la historia de la salvación, historias que son una parte muy importante de nuestra tradición. Nosotros necesitamos estar enraízados en nuestro pasado, como un pueblo peregrino. Olvidar esta tradición puede ocasionar una falta de perspectiva y de apreciación. Celebrar el momento. Cada uno de nosotros tiene su propia y única jornada de fe. Llegamos a nuestras celebraciones de la Semana Santa tal como somos. Traemos nuestras alegrías y nuestros éxitos vividos, pero también venimos con nuestros fracasos y nuestros desastres. Vivimos una jornada muy humana. Sí, somos un pueblo redimido, pero también, estamos en un constante proceso de redención. Llegamos juntos, a celebrar nuestras liturgias, con la complejidad de la vida, tal como es. Levantamos nuestras palmas. Escuchamos la Palabra. Recibimos el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Lavamos nuestros pies. Besamos la cruz. Somos bautizados y confirmados. Sostenemos la vela encendida que representa la luz de Jesús y, en cierto sentido, es también nuestra luz. Estos momentos no nos pueden ayudar, pero dejan una marca en nosotros. Ellos son reales y pueden ser muy poderosos. Visión del futuro. La Pascua es el día de la fiesta más grande de nuestro año litúrgico. La celebración de la Vigilia Pascual capta para nosotros la perspectiva maravillosa de la historia de la salvación, la presencia salvadora de Dios, aquí y ahora, y la Resurrección del Salvador, cuya presencia glorificaba está constantemente con nosotros. Nada en la vida puede predominar la resurrección de Jesús y nuestra propia transformación en una vida nueva con Dios. Nada, ni la muerte, ni las tragedias pueden negar que nuestro camino último y para siempre, es nuestra Resurrección con el Señor. La Pascua es un día de jubilosa espera. Cada día nos acercamos a ese momento de renacimiento en la presencia de Dios que será eterno. San Pablo nos recuerda “ni ojo ha visto, ni oído ha escuchado, lo que Dios tiene preparado para aquellos que ama“ (1 Corintios 2:9). Somos un pueblo Pascual. Nuestra celebración agradecida de Pascua debe ser un recordatorio y una afirmación de esa realidad. Quiero hacer llegar a todos ustedes y a sus familias mis más fervientes oraciones y mis mejores deseos, de una Semana Santa llena de gracia y una Pascua jubilosa. También lo animo a participar en las liturgias de esta semana tan especial. Es la mejor manera, que yo sepa, de vivir la vida en plenitud. Que Dios les bendiga y les dé su paz.
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