De Parte del Obispo

"¿Materia Privada?"


por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad

(Del edición 1 octubre 1998 del Inland Register)

Nuestro país ha sido invadido por noticias de la vida privada de nuestro presidente. Investigaciones, testimonios y discusiones sobre perdón y reconciliación han consumido el debate nacional por semanas. A tal punto, que en un momento, una de las respuestas a los cargos era esta "ésta es una materia privada y nadie tiene que meterse en esto." Hemos ido mucho más lejos, de ese momento, en el descubrimiento de los detalles privados de un estílo de vida con problemas e inmoralidades.

Cada ciudadano de este país ha sentido un toque de profunda tristeza y traición. Tenemos expectativas y sentimientos conectados a nuestro jefe nacional. Esa relación ha sido severamente dañada; para muchas personas, se ha roto esa relación completamente. Sin embargo, no quiero seguir una avalúación de lo que pasó sino usar estos eventos como un punto de reflexión para nuestra propia vida personal, para nuestra jornada espiritual.

Tenemos una tradición de largo-tiempo en la Iglesia católica del Sacramento de la Reconciliación. Para nosotros, la celebración del sacramento, nos da la oportunidad de encontrar a Jesús misericordioso, de entrar en profundos momentos, de desnudar nuestra alma y de saber que somos perdonados, de recibir la penitencia, y si fuera menester, hacer reparación por el daño y heridas que hemos causado.

Además cuando lo celebramos, lo hacemos en la presencia de un confesor que actúa en nombre de Jesús y la Iglesia. La Iglesia nos ha enseñado mucho tiempo que cuando pecamos, hay un impacto no sólo en nuestra relación con Dios sino también en nuestra relación con los demás, con la comunidad. En los últimos años la celebración comunitaria de la conciliación ha dado énfasis a la naturaleza social de nuestra situación de pecadores. Reunidos como una comunidad de fe y mirandonos entre nosotros como pecadores. También empezamos la Eucaristia con el rito penitencial reconociendo nuestros pecados de una manera comunitaria y regocijándonos en la misericordia de Dios.

Cuando compartimos nuestros pecados con el confesor en el Sacramento de la Reconciliación, en un sentido real estamos compartiendo nuestros fracasos y nuestros pecados con aquellos a quienes hemos ofendido: Jesús y la comunidad de fe. El sacerdote representa a la Iglesia, acepta la confesión de nuestros pecados, nos perdona en el nombre de Jesús, y nos dá una penitencia. En tales momentos de humildad y religiosidad, hemos sido perdonados y se nos quita la carga de nuestros pecados. Aquellos que han celebrado religiosamente el Sacramento de la Reconciliación saben bien de la alegría, la gratitud, y la libertad que estos momentos nos dan.

Muy a menudo en nuestra sociedad e igual en nuestra Iglesia, puede haber ese sentimiento de que "mi vida moral es privada. Que no es negocio de nadie, incluyendo a la Iglesia." El pensamiento va a que si las personas quieren tener sexo premarital o extra matrimonial, es su negocio. Si ellos quieren perder regularmente la Eucaristia de los domingos, no se hiere a nadie. Si yo robo en la tienda, miento en los impuestos, soy aviloso, no doy con sacrificio, nadie echará de menos mi contribución o mi retención. Si hablo de alguien a sus espaldas en conversaciones privadas, ellos no ser´n afectados ya que no sabrán de ello.

Ningún acto de mi parte es verdaderamente materia privada. El pecado siempre tiene una dimensión social y nunca no es privado. El individualismo fuerte y escabroso de nuestra cultura ha debilitado tremendamente nuestra conciencia social.

En la Iglesia católica, hemos unido profundamente, junto a los sacramentos de iniciación: Bautismo, Confirmación y Eucharistia. Si peco como obispo, entonces hiero a toda la comunidad diocesana con mi pecado. É;se es por eso qué yo, como todos ustedes, debemos acercarnos regularmente el Sacramento de la Reconciliación, compartir mis pecados y ser perdonado. Aún el Santo Padre se acerca a su confesor con las mismas necesidades y recibe la misma respuesta de Jesús y de la Iglesia.

Finalmente, necesitamos ser pacientes con las caidas de los otros y de sus pecados. Tenemos una gran tradición en nuestra Iglesia de pecadores públicos que han llegado a ser grandes santos San Pablo, San Augustín, y Dorothy Day (que no ha sido declarada oficialmente santa) llegando a ser personas muy santas. Éso no significa que no tenemos que tomar la responsabilidad por nuestras acciones, pero tales ejemplos dicen que la gracia de Dios, de la conversión es tremendamente inspiradora y poderoso.

Los propios ejemplos de Jesús reflejan la misericordia ilimitada de Dios, en la parábola del hijo pródigo y la conversaci´n con los apóstoles sobre la frecuencia del perdón ("70 veces siete") nos dice cu&aaucte;n ávidamente el "Cazador del Cielo" nos búsca. Nosotros también debemos tener esa misma avidéz de espíritu, para ayudar a levantar a los otros de sus quebrantamientos, de sus pecados, o falta de respuesta en una vida más profunda con el Señor y la comunidad de fe.

El Sacramento de la Reconciliación no es ningún tesoro pequeño en nuestra Iglesia, y no debemos tratarlo como tal. Regocijémonos en la misericordia de Dios y esforcémonos por ser instrumentos de paz y de reconciliación a través de nuestro perd*oacute;n. Las relaciones serán restauradas. La tentación de pensar en una "vida privada" que no nos relaciona con los demás debe evitarse. Llegaremos a ser más libre.

Que Dios le bendiga y le dé su paz.

- Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP

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