De Parte del Obispo

"'El Día del Señor'"


por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad

(Del edición 10 septiembre 1998 del Inland Register)

De Parte del Obispo: El Papa Juan Pablo II, el 7 de julio, emitió una carta apostólica titulada "El Día del Señor." En ella enfatizó la importancia de la celebración del domingo y más específicamente de la Eucaristía que es tan central en nuestra vida de fe en la Iglesia. Las incansables enseñanzas del Santo Padre son contínuas. Su volumen proporciona mucha comida para el pensamiento para reflejarlos en la calidad de nuestro diario vivir y sobre todo en la actitud que tenemos hacia el domingo, el día del Señor. A mí me gustaría resumir muy brevemente el volumen de la carta.

Empieza por declarar que los domingos siempre han tenido una prominencia especial en la Iglesia debido a su conexión estrecha con el centro del misterio cristiano. Cada domingo recordamos la resurrección de Jesús, en verdad el alba de un nuevo día en la historia de la salvación. Del Salmo 118, oímos la conección familiar de la proclamación jubilosa: "Éste es el día que el Señor ha hecho. Permita que nos regocijamos y estemos alegres en él." Los padres del Concilio Vaticano Segundo dijeron, "cada siete días la Iglesia celebra el Misterio Pascual. Esta tradición tiene su origen en el tiempo de los apóstoles por ser el día real de la Cristo Resurrección." Cuando nos acercamos a un nuevo milenio, se nos invita a redescubrir con intensidad de nuevo el significado del domingo: su "misterio," su celebración, su importancia.

Profundas modificaciones de la conducta social y cambios en la situación socio-económica de en nuestra cultura han tenido un significativo impacto en nuestra tradición. Hoy miramos más el fin de semana en lugar del domingo. Cuando el domingo pierde su significado fundamental y meramente se vuelve parte del fin de semana, la gente puede cerrarse en un horizonte en el cual ya no ven "los cielos." El Domingo debe ser el corazón de la vida cristiana. Reconocemos ésto porque creemos firmemente que tal descubrimiento responderá a los anhelos más hondos del corazón humano. El tiempo que le damos a Cristo no es tiempo desperdiciado o perdido, sino, más bien tiempo ganado, de manera que nuestras relaciones, y de hecho, nuestra vida entera puede ser más profundamente humana.

El Santo Padre nos ofrece cinco puntos para refleccionar sobre sobre la importancia del domingo:

· El Domingo celebra el trabajo del Creador. Es el día festivo de una "creación nueva." Las palabras de San Pablo a los Colosenses son las más apropiadas: "En él se crearon todas las cosas, en el cielo y en la tierra, las visibles y las invisibles... Todas las cosas se crearon por él y para él."

Con toda nuestra tecnología moderna y avances científicos, debemos recordar que la creación de Dios es incesante. Sobre la creación, una consideración del Libro del Génesis, Dios descansó en el séptimo día "y vío que todo fue bueno." Hay algo imponente y jubiloso en ese reconocimiento.

· El Domingo es el día en que el Señor sube al cielo y el día de la venida del Espíritu Santo. Celebramos el domingo debido a la Resurrección de Jesús. Esta celebración ocurre no sólo en Pascua sino al principio de cada semana. San Augustín llamó al domingo el "sacramento de la Pascua." Al Domingo también se le llama el día del fuego, en referencia al Espíritu Santo, el día de la luz. Viento y fuego, en un domingo, 50 días después de la Pascua, descendieron sobre los apóstoles. En el umbral de un nuevo milenio, nosotros los cristianos debemos recordar ese domingo que ha quedado como una parte indispensable de nuestra identidad cristiana.

· El Domingo es el día de la Asamblea Eucarística. La reunión de los fieles el domingo para la Eucaristía es tan vital a nuestra tradición. El Eucaristía alimenta y forma nuestra Iglesia. En ella se saborea el misterio de la Iglesia, proclamado y vivido profundamente en la Eucaristía. La reunión de la comunidad para la Eucaristía, es un lugar privilegiado de unidad. Es una expresión maravillosa de la identidad y del ministerio de nuestras familias como "iglesias domésticas." El Domingo no conoce fin pero continúa siendo un gran día de esperanza mientras esperamos "en jubiloso espera por la venida de nuestro Salvador Jesucristo."

El Domingo es el día que celebramos la Eucaristía en la mesa de la Palabra y en la mesa del Cuerpo de Cristo. La primera Iglesia cristiana tom&oacut3e; muy seriamente esta invitación como parte de su identidad. Antes de ser muerta, una joven dama martirizada exclamó: "Sí, fui a la asamblea y celebré la Cena de la Señor con mis hermanos y hermanas, porque soy cristiana." No debemos dejarnos cojer por la indiferencia y la irresponsabilidad al mensaje del Evangelio.

· Domingo es el día de la alegría, del descanso y de la solidaridad. Hay un car&aqacute;cter festivo natural el domingo. Este día se cumple de una manera especial el precepto del Sábado del Antiguo Testamento. La Eucaristía es el lugar donde la fraternidad se vuelve solidaridad práctica, donde los últimos serán los primeros.

· El día Domingo nos revela el significado del tiempo. Todos vivimos en la gracia del tiempo, cuando cada momento y cada estación puede ser sagrada. El Señor está con nosotros. Los domingos del año también nos ponen en contacto con las estaciones litúrgicas cuando celebramos Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y Pentecostes.

Finalmente, podemos celebrar nuestra salvación el domingo. El Domingo es una verdadera escuela. Es un día de testimonio y de proclamación. Estamos invitados a mirar al futuro. Una observancia más fiel del día Domingo puede ayudarnos a construir una civilización de amor.

Estas observaciones y discernimientos del Papa Juan Pablo II pueden ayudarnos a reflexionar sobre la importancia de este día en nuestro camino de fe, nos proporciona la oportunidad para renovar nuestros corazones y nuestra comunidad de fe, y nos ayuda a apreciar cuán maravillosamente bueno, ha sido con nosotros, nuestro buen Dios.

Que Dios los bendiga y les dé su paz.

- Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP

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